Los días 6, 7 y 8 de abril se llevó a cabo el octavo Festival del Libro y la Palabra de la Universidad Pontificia Bolivariana. Todo evento merece un cálculo y preparación óptimos para cubrir las expectativas de los asistentes y organizadores. Dentro del marco de la feria se contó con ponencias y conversatorios alusivos a la cultura y la literatura, pero el punto de referencia fueron los stands con editoriales y expositores, ubicados en los nuevos puestos de estudio de la universidad.
El ambiente alrededor de los stands con libros, historietas y enciclopedias era confuso y lleno de distracciones. En mi opinión la selección de “comfama” como se le conoce al nuevo bulevar entre los estudiantes, para ser el sitio de encuentro de la feria, no fue la mejor opción, comenzando por el mismo contexto del lugar. Un espacio con gran flujo de personas no significa ser adecuado para realizar un evento con un tema como la literatura, que en parte, puede ser de intereses particulares. Es entendible la necesidad de inculcar hábitos de lectura y cultura en los jóvenes sin importar sus aficiones o la carrera que estudien, pero el tránsito en el lugar no fomentaba la curiosidad, sino una sensación de esquivar a toda costa a los expositores.
Este efecto puede ser en parte desinterés de los estudiantes, pero también para quienes nos dimos la oportunidad de visitar con curiosidad y atención el puesto de cada editorial, resultaba incómodo sentir la mirada de presión de quienes atendían y escuchar frases como “todo está en promoción niña, a la orden”. En ese preciso instante me movía al siguiente stand esperando no ser apremiada, por no tener dinero para comprar un libro, pero sí tener la intención de indagar y conocer qué textos estaban compartiendo.
De mi experiencia queda saber que no fui la única en percibirla. La organización del evento fue muy completa con variedad de opciones, pero hay que entender que los resultados y la falta de participación de los estudiantes no se debe a simple rechazo, sino que mezcla distintos factores, como lo fue la de “necesidad de vender” de los expositores que en cierto modo espantaban a los visitantes.